Florence Foster Jenkins  nació en una familia acomodada de Pensilvania. Cultivó desde niña un amor intenso por la música. Su padre, un banquero con mucho dinero, se opuso firmemente a sus ambiciones musicales, negándole la oportunidad de estudiar música en Europa. Este rechazo paterno, lejos de desanimarla, parece haber fortalecido su determinación de convertirse en cantante de ópera.

Tras heredar la fortuna familiar después de la muerte de su padre en 1909, Jenkins finalmente tuvo la libertad financiera para seguir su sueño. Sin embargo, había un problema fundamental, Florence carecía por completo de capacidad para entonar correctamente, mantener el ritmo o sostener notas. Sus interpretaciones estaban marcadas por una notable incapacidad para percibir su propia falta de afinación, un fenómeno que los psicólogos modernos identificarían como "amusia" o incapacidad para procesar adecuadamente los tonos musicales.


Lo verdaderamente extraordinario de Jenkins no fue su falta de talento, sino su convicción en sus propias capacidades. Ella se consideraba genuinamente una soprano de coloratura de primer nivel, comparable a las grandes divas de su época. Esta disonancia cognitiva entre su percepción y la realidad creó un fenómeno social fascinante.

Durante años, Jenkins ofreció recitales privados en el Ritz-Carlton de Nueva York para un selecto grupo de amigos y admiradores. Con elaborados vestuarios que ella misma diseñaba (incluyendo alas de ángel y trajes folclóricos), Jenkins interpretaba arias extremadamente difíciles como "La Reina de la Noche" de Mozart, destrozando sistemáticamente cada nota.


Lo realmente sorprendente fue la reacción del público. Muchos asistían inicialmente por curiosidad morbosa o para burlarse discretamente, algo notable ocurría durante sus actuaciones. La sinceridad y pasión de Jenkins creaba una experiencia que trascendía la parodia. Sus seguidores desarrollaron un afecto genuino por ella, aunque las críticas se escribían en un lenguaje deliberadamente ambiguo para no herir sus sentimientos.

El clímax de su carrera llegó el 25 de octubre de 1944, cuando a los 76 años, Jenkins alquiló el Carnegie Hall para ofrecer un concierto público. Las entradas se agotaron semanas antes y el evento atrajo a celebridades como Cole Porter. El público se mordía los labios para contener la risa.


Un mes después de esta memorable actuación, Florence falleció de un ataque cardíaco. Se comenta que, cuando un amigo le comentó sobre las risas en el Carnegie Hall, ella respondió filosóficamente: "La gente puede decir que no sé cantar, pero nadie puede decir que no canté".